viernes, 8 de marzo de 2013

Un nuevo paradigma en la transferencia de tecnología en carreteras


En septiembre de 1997 fui invitado a dar una conferencia en el marco del XII Congreso Argentino de Vialidad y Tránsito que se celebró en Buenos Aires. El título de esa conferencia era “La experiencia española en transferencia de tecnología en carreteras”. En aquella ocasión empezaba señalando:

La transferencia de tecnología consiste básicamente en un trasvase de conocimiento entre los sectores productivos de dos países distintos, de manera que al cabo de un cierto tiempo, no demasiado largo, el sector productivo receptor se encuentre en condiciones de realizar sus propios desarrollos e incluso de que la trasferencia pase a realizarse también en sentido contrario al inicial. No debe confundirse la transferencia de tecnología, que tiene en todo caso un profundo sentido económico ligado a los sectores productivos involucrados, con otras actuaciones que suelen resultar imprescindibles para la transferencia, pero que no constituyen por sí mismas esa transferencia.

Tras la introducción, la exposición se estructuraba en cinco apartados: condiciones para la transferencia de tecnología; cooperación entre administraciones públicas; intercambio de experiencias; acceso a la documentación y a la información; formación.

Han pasado ya más de quince años, y los cambios tecnológicos y económicos que se han producido desde entonces han sido notables, aunque no todos ellos para bien. En aquel momento la globalización de la economía y el uso de internet eran relativamente incipientes. Por otro lado, España experimentaba en ese momento un asombroso desarrollo de sus infraestructuras viarias; ahora, en cambio, son países latinoamericanos como México, Costa Rica, Colombia, Brasil, Perú, Chile, etc., los que han tomado el relevo

En lo que se refiere a la transferencia de la tecnología los cambios han sido, si cabe, más profundos, aunque algunos aún no los hayan percibido. La globalización afecta también, por supuesto, a estos procesos de transferencia e internet se ha convertido en una herramienta gracias a la cual esos procesos pueden y deben llevarse a cabo de una manera diferente. Un cambio radical ya está en marcha y por eso no es aventurado hablar de un nuevo paradigma.

Tradicionalmente la transferencia de tecnología se desarrollaba en forma jerarquizada: desde un foco emisor, más o menos potente, se establecían flujos que llegaban a unos pocos receptores, que hacían de emisores secundarios e irradiaban a su vez a un mayor número de receptores de menor importancia que los anteriores. Este esquema se basaba en la existencia de estrechos y rígidos canales de formación y de información por los que se dosificaba cuidadosamente el “riego” hacia los niveles inferiores. Las posibilidades de fallo de un sistema en serie como éste eran lógicamente elevadas, por lo que la eficiencia de los procesos de transferencia resultaba limitada.

El orden descrito no se ha subvertido, pero sí ha cambiado. Como tantos otros procesos, los de transferencia tecnológica, incluyendo sin duda los de transferencia de la tecnología viaria, han evolucionado en estos últimos años hacia procesos en red. El sistema queda así formado por multitud de nodos, no todos iguales ciertamente, pero todos ellos interconectados, y que son tanto emisores como receptores. Los canales de formación y de información tienen capacidades superiores y, sobre todo, se han vuelto más flexibles. Un sistema de este tipo es más difícil de manipular y las probabilidades de fallo sistémico son menores, aunque en algún momento la conexión entre dos nodos concretos pudiera fallar. Y todo esto es posible gracias a internet, y en particular a lo que se ha dado en llamar la web 2.0, es decir, a la posibilidad de compartir conocimiento en entornos abiertos, interoperables y al servicio de los usuarios: blogs, wikis, redes sociales, multimediotecas, etc.

Los comités presididos por una personalidad nacional o internacional disminuyen su importancia frente a los debates en la red; los cursos selectos y restringidos retroceden frente a los MOOC (Massive Open Online Courses); los salones de conferencias empiezan a ser sustituidos por las retransmisiones en streaming; los libros en los anaqueles conviven con los que hay en las nuevas bibliotecas virtuales. Dicho de otro modo: mientras hasta hace poco la información técnica era custodiada con celo por los que, fundamentalmente en su propio interés, actuaban como emisores en los procesos de transferencia tecnológica, de lo que se trata hoy es de poner toda la información en la red, a un precio asequible para todos o incluso gratuitamente. Y no sólo la información, sino también, de manera creciente, la formación.

Un condicionante nada desdeñable en la transferencia de tecnología es la lengua, como lo era también antes. Es evidente que el inglés es la lingua franca de la tecnología. Pero no debemos minusvalorar la potencia del español. En nuestro ámbito, el español y el inglés tienen que convivir en los flujos de formación y de información. El papel del español crecerá en la medida en que nodos tradicionalmente receptores se conviertan también en emisores, aunque si se quiere trascender de nuestro propio ámbito, y ese es un objetivo perfectamente posible a medio plazo, hay que formar e informar también utilizando el inglés.

Otra cuestión sería la relativa a si existe o no en nuestro ámbito un soporte para que el nuevo paradigma sea una realidad cotidiana. Un cierto soporte parece que se está configurando con carácter general, sin duda, aunque todavía son apreciables las resistencias por parte de quienes se sienten más a gusto con el modelo anterior. La existencia de nodos activos, y de flujos entre ellos, es ante todo una cuestión de voluntad, basada en el convencimiento de que el nuevo paradigma es notablemente más fructífero que el antiguo. Dicho de otro modo: no hay que tener miedo a poner a disposición de los demás la experiencia propia, más amplia o más restringida, ni de acercarse sin prejuicios a las de los demás.

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